viernes, 22 de septiembre de 2017

De no besos

Mi boca es de agua. Hago burbujitas con los besos que no di.

                                                                                                               Para Dana.

                                                                           

Otras voces

Angie Pagnotta es periodista y escritora, pero por sobre todo es una persona maravillosa, y hace unos días me hizo una entrevista para la sección  "Otras voces" de su blog. Si lo recorren pueden conocer un poco más del trabajo que realiza. Agradezco mucho, muchísimo, el espacio y su cordialidad. Por acá lo dejo para quien guste pasar: Otras voces, por Angie Pagnotta.                                       


domingo, 17 de septiembre de 2017

Once mates amargos

Entre mate y mate leo, y entre mate y mate escribo las impresiones que me dejan los libros que leo. 
Hoy le toca a uno de cuentos de horror (género que me encanta), de un autor contemporáneo:

Sommelier de infiernos, de Cristian Acevedo - Baltasara Editora, 2016



«Más tarde, dentro de unos quince minutos, algo terminará de germinar para siempre».

Esta frase todavía resuena en mi cabeza. Tal vez sea por el anticipo de que algo va a pasar. Y por el “para siempre” que concluye la primera oración del primer cuento de Sommelier de infiernos, de Cristian Acevedo, y que da una idea del final de cada una de las sombrías historias que componen la antología, donde todo lo que pasa es definitivo. Incluso aquella en la que el autor emplea un tono menos tenebroso para narrar cómo un payaso se apodera de un inodoro, deja cierta resaca de inquietud.
 Me es imposible dejar a mi fiel amigo el mate, aunque presiento que esta vez no será la mejor opción. Por lo pronto me cebo uno y lo endulzo con miel.

En Sommelier de infiernos, Cristian Acevedo nos invita a catar, a degustar el horror en cada historia. Cuentos cortos, cero extravagancias, finales contundentes. Ahora que tan aplaudidos son los finales abiertos, él apuesta al cross de derecha y consigue ganar por knock-out.
El primer cuento, Influencias, gira alrededor de una pregunta que imagino deben escuchar (padecer) muchos escritores del género de horror: de dónde provienen sus lóbregas ideas, cuáles son los motivos, las “influencias” que los llevan a concebir historias siniestras. Tal vez yo misma la haya formulado alguna vez, y después de leer este relato me juré no volver a hacerlo nunca más (mentira).
La historia transcurre en una conferencia de prensa. El entrevistado es un escritor que ya ha escuchado muchas veces esta incómoda pregunta y hasta ahora había contestado sin contestar: «No sé de dónde provienen las ideas, sólo me llegan». Pero ahora decide que va a ser más sincero, que va a hurgar en sus recuerdos para, quizás, responderse a sí mismo de una buena vez si en verdad no existe un motivo, una “influencia”. Así, el relato se va tornando regresivo y se va espesando poco a poco, hasta desembocar en un final espeluznante. Intento superarlo con un mate, pero lo que atraviesa mi garganta es un trago de hiel.

Igual el agua ya está fría, así que pongo a calentar la pava y mientras espero cambio la yerba, cambio la página y releo un pasaje del cuento que más me gustó: “El hombre de adelante”:
«Y enseguida el silencio. Más siniestro que los susurros. Porque el silencio era el silencio y a la vez la pesadumbre, las sombras, la espera».
La locura, más que la muerte, es algo en lo que me da miedo pensar. Imaginar que uno puede perderse para siempre adentro de sí mismo azuza mi claustrofobia. Y la sensación de claustrofobia que provoca este cuento me lleva a pensar en la locura.
Tampoco puedo dejar de pensar en el desenlace, esa vuelta inesperada, esa trampa que te deja con ganas de gritar (o de pegarle a alguien) sin poder salir a hacerlo…
En los once cuentos cortos de Sommelier de infiernos, Cristian Acevedo consigue transmitir angustia y desesperación con las palabras justas. El libro da para decir mucho más, pero el mate y este espacio no. Para releer, mejor voy por un Cabernet Sauvignon.

🥂

Columna: Opinología barata - Qu 20, julio 2017

martes, 12 de septiembre de 2017

No sé cómo decirlo con palabras.

Necesito aprender a dibujar. Un cuerpo desde adentro. Y unas manos oprimiendo el músculo, estremeciendo el latido. Desgarrando órganos, tendones. Llegando hasta el hueso.

viernes, 8 de septiembre de 2017

De fríos y humedades

Dejaron de venir las visitas, de Silvia Sánchez narra la historia de una familia a fines de los noventa, en un pueblo de la Patagonia. Un ambiente cargado de mandatos milenarios que se van pasando de generación en generación: es el hombre el que tiene derecho a trabajar y hay que esperarlo con la comida caliente, los niños en silencio y la cama siempre dispuesta.

El relato transcurre entre anécdotas de otros tiempos, de callecitas perdidas, dolores profundos y lluvias que lavan el aire. La lectura se inunda de aroma a jaramillas húmedas, y lo huelo aunque no sepa qué son las jaramillas, porque la autora tiene esa capacidad de poner en palabras fragancias, fríos y humedades. Sobre todo humedades.
Silvia Sánchez elige al personaje de Valeria para mostrarnos de forma provocativa, los abismos que se abren entre civilización y barbarie en su pequeño seno familiar.
Valeria, como muchas otras mujeres, sufre el maltrato del hombre al que hay que atender y se revela, se vuelve una Valeria animal, agazapada y protectora, a punto de saltar. Pero los gritos y los golpes del hombre no cesan, las paredes y los vidrios se estremecen, los platos vuelan, la lucha se transforma en un baile infernal. Los niños buscan refugio en sus camas tapándose hasta la cabeza, pero también aprenden a mandar: cómo, cuándo y a quién.

Valeria enfrenta las miradas recelosas de sus vecinos, el dedo que apunta acusador. Y enfrenta algo peor: el miedo que le da dejar al “malo conocido” para salir a un mundo en el que, quizás, haya bueno por conocer, y prefiere seguir librando su guerra íntima antes que descubrir lo que hay más allá de la puerta, en un mundo que se le antoja demasiado grande y aterrador.
Hasta que encuentra al silencio como forma de defensa, un silencio que hace al hombre perder espacio, un silencio que cansa al hombre que al final se da por vencido. Pero también un silencio cómplice que se va convirtiendo en su enemigo, que la va enajenando. Y el delgado hilo que la sujeta a la realidad empieza a hacerse cada vez más y más fino, y de a poco, Valeria se va perdiendo en alguna parte entre afuera y adentro, entre vivos y muertos.

Dejaron de venir las visitas es una novela para reflexionar, para no mirar al costado, para no callar.
Y me quedo con Valeria en el corazón después de terminar de leer:
“Valeria, con el mandato de hacer silencio por el resto de la vida para estar a tono con la soledad del sur.”

                                                    Eme.







jueves, 31 de agosto de 2017

Nocturno

Aleteos en mi habitación.
Son las manos ciegas tanteando el aire.

Hay que dejarlas dormir.

jueves, 3 de agosto de 2017

Obviedades

Acomodaste el laberinto de palabras a tu antojo.
                                                      Y me perdí.



domingo, 23 de julio de 2017

Pas de deux

Tus letras en puntas de pie.
Intentan acercarse en el adagio de la lluvia.
Dando pasos en avant y en arriere.

Nunca llegaron. Muy domingo, dijeron las perezosas.

sábado, 22 de julio de 2017

Viento del sur

Un poema y un café, para este sábado frío:

La luz envejece en la habitación. Y yo, pidiendo una frase,
una sola frase que me sirva de escudo ante tanta fiebre. Eso
necesito para no confundirme: un canto distinto al mío. Una
plegaria que me dé algo de respiro. Una invocación donde las palabras suenen como cuchillos en el aire. No obstante, eso
no sucede. Suceden las mañanas de hombres sin rostros. Los
signos del sueño. La luz apagada.

 


Del libro Otros animales, de Jorge Curinao (Río Gallegos, Santa Cruz)

  
Gracias. Jorge, por tu hermosa poesía. No quiero agregar más (por ahora). Pasen por su blog. Lean, disfruten: La Chispa adecuada.

lunes, 26 de junio de 2017

contrapuestas

en la boca una humedad inútil, pretenciosa,
en los ojos la vergüenza del que carga un muerto reciente

                                                                              Muy lunes.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Mal mayor

El sonido del metal desgarrando con furia la tierra.
(doce paladas: una, dos...)
Los golpes de la tierra contra el cajón.

El recuerdo de un dolor que viene a rescatarte.

viernes, 19 de mayo de 2017

Desafío

Un balanceo hipnótico entre la osadía y el miedo
(me animo no me animo, me animo no me animo).

Entregarse al dulce vaivén.
Animarse a saltar.
Y caer.


martes, 14 de febrero de 2017

Martes


Tiendo su cama, revuelta de un solo lado.
Saco la botella y la tiro sobre las colillas del tacho.
Me detengo en los pañuelos mojados.

Hoy le dejo un ramo de jazmines para que al regresar no huela
                                                 el perfume de su propia soledad.

                                                               Nunca lo puedo sacar.

miércoles, 25 de enero de 2017

De mis amores. Por: Andros

Siempre me da alegría recibir un nuevo texto para compartir. Desde Chile hoy escribe: Andros (clic). Los dejo con él:    

De mis amores

Amo a Monica Bellucci porque aunque tiene ya sus arruguitas, es la mujer por antonomasia y una delicia a la vista y supongo que al tacto. Y al olfato y al oído. Y al gusto, claro. Amo al escritorio sobre el cual, después de las seis de la tarde, trabajo en mi Mac en los asuntos que me mueven. Amo recientemente (porque aparte de ser sexy sin necesidad de mostrar nada del cuello hacia abajo) a Megan Fox, más desde que supe que es amable y muy acomplejada. Amo a Loreena McKennitt porque me entreabre la puerta para que mire atrás y no olvide del todo al país del que me vine por mi esposa a la que amo, intensamente profundamente locamente, eternamente; amo amarla después del amor. Amo a mis hijas, sorprendido y feliz, por completo agradecido y estresado. Amo a mi madre, siempre admirado, siempre Pilar, siempre camarada. Amo al que oficia, en mi vida, de papá. Lo salvaría a él. Amo a la música, desde Vivaldi hasta Wisin, desde Eminem hasta Satie, desde Chambao hasta Jarabe. Amo a Dios, según lo concibo (a veces con mi frente en tierra, a veces con mi puño en alto). Amo a mi perra, por los muchos recuerdos compartidos, por no soltar la pepa, por los años que roncó a mis pies. Amo crear, comer, dormir. Amo fleta y secretamente a Paul Giamatti, John Cusack y sobretodo a Bruce Willis. Amo los chocolates Trencito en verano, cuando vienen medio blanditos. Y la pizza de pollo del Catus, y la napolitana que por algo es la más pedida. Amo escuchar “La Mañana de Pablo Aguilera” la primera parte de cada jornada. Amo la Teletón que alguien algún día inventará para ayudar también a los discapacitados cognitivos. Amo a Chile, no tanto como para dar mi vida, pero igual. Amo las rutinas, porque como buen obsesivo-compulsivo las necesito para hacer lugar para otros pensamientos. Amo la memoria de mi niñez, tan cubierta por mis abuelos y por la Nina. Amo al tío Pachi, aunque no sea un ejemplo de vida, y lo amo precisamente porque lo conozco y se conoce él mismo y cuando ora es humilde de verdad. Amo la precisión, la simetría, el orden y los días bien trabajados. Amo la libertad dentro de mi cubo; las frases luminosas y breves y la perfección del rostro de Mary Elizabeth Winstead, que aguanta cualquier close-up. Amo la luz tenue de una vela y compartir un té contigo en nuestro dormitorio, bien conversado, y amo dormir después a tu lado todos los días de mi vida. Amo a Wikipedia, pero también a las enciclopedias de papel que nos dieron la base que pudieron. Amo estar en el sillón café con la luz apagada (y la tele aun más apagada) mientras mis sindicalistas me buscan para pedirme cualquier cosa, sin que sepan que estoy ahí, tranquilito tranquilito. Amo el jugo de manzana, cocida o cruda, más incluso que a la Coca-Cola y tanto como al té con canela y limón y con menta de la huerta de Pilar. Amo Internet, en especial cuando es el medio desde el cual se genera una buena conversación offline, en la Fuente Alemana, frente a un buen diplomático con su regia leche con plátano. Amo mi iPhone y amo el cuerpo de una mujer, con todo lo que ofrece. Amo los consomés de pollo cuando es de noche y hace frío, y los tallarines con carne picada pero, cuando se puede, amo más derechamente la lasaña. 
                             
                                    ¡Muchas gracias y bienvenido!
                           


 

viernes, 20 de enero de 2017

Matilde debe morir - Cristian Acevedo.

Libro nuevito. Autor contemporáneo. Ambos de acá.

Me lo leí en patas, como corresponde. Me divertí muchísimo con las ocurrencias del autor.
Me divertí y me inquieté también.  
Pero sobre todo disfruté un montón leer.
Me sorprend la forma en que está escrita la novela, el autor es un mandón y le habla directamente al lector, que  se ve obligado a ser un personaje si quiere seguir. Está narrada en segunda persona y... basta, no voy a contar más.
 
Me lo releí en patas y con un lápiz en la mano, porque tenía que volver y subrayarlo todo. Porque está lleno de frases de esas,  de las que no pueden estar escritas mejor, de las que hay que subrayar: por simples, por ciertas.

Tomo un fragmento del texto que escribió Adrián Granato sobre Matilde debe morir, yo no podría decirlo mejor: 

"Cristian Acevedo no va a lo seguro: se arriesga. "Matilde debe morir" agarra al lector de los hombros y lo obliga a tomar decisiones, a hacerse cargo. Desde el primer capítulo las cosas quedan claras: usted va a ser partícipe necesario de esta novela. Será uno más en ese bar de Charcas y Armenia. Será testigo —¿o el asesino?— de un homicidio.
Todos los días, Matilde entra a ese bar a escribir. Y después leerá en voz alta, y nos iremos enterando de situaciones ficticias o no, que irán creando una madeja de suposiciones.
¿Quién es Valentín? ¿Quién es el bigotudo de la mesa 2? Y lo más importante: ¿quién es Matilde, y por qué debe morir? ¿Somos conscientes de nuestros actos, o el destino ya está marcado y somos arrastrados a un final perverso?

La respuesta está ahí, en el mismo libro —¿o es una pesadilla en forma de libro?—, y sólo espera que des vuelta la última página.
Arriesgate. El camino es entretenido."   


Clic acá y allá: Matilde debe morir   Cristian Acevedo  @CristianAcv

                                                         Bueno, nada, uno de esos libros que me encantan. 


Título: Matilde debe morir 
Autor: Cristian Acevedo.
  • Editorial:Barenhaus

  • ISBN: 978-987410903-3

  • Páginas: 144

  • Idioma: Castellano

miércoles, 18 de enero de 2017

Leo y releo: las palabras justas en el lugar exacto, me conmueve tanta precisión. 
Todo lo que dice y no.
Leo y releo, para qué intentar.
                                                                                                                  Releer(te)calma.

viernes, 13 de enero de 2017

Más allá de sus prejuicios.



“Sé que vives con la exactitud de la desesperación”  
Yann André

Nadie más que Yann Andréa pudo haber leído mejor el alma de Marguerite Duras.
Si hay un libro que me angustia es éste. Y escribir sobre él es intentar (inútilmente) calmar esa sensación. A la que siempre vuelvo.

El libro M.D. (Marguerite Duras) de Yann Andréa, escritor francés, no narra una ficción, narra el amor y la aflicción vivida en un refugio (¿prisión?) donde ellos habitaban junto a las palabras y el alcohol. A Marguerite le dolía el mundo y lo decía así: “El mundo es atroz, no puedo soportarlo, no vale la pena.”
Yann, 38 años menor que ella, cuenta en este libro la peor etapa que pasó junto a la mujer que amó: A los 68 años, Marguerite ingresó internada en un hospital para someterse a una crudísima cura de desintoxicación de alcohol. Fueron cinco largos meses, durante los cuales Yann vivió asido al pánico de que a su amada se la arrebate la muerte.
Los lectores somos seres curiosos y siempre, siempre, queremos más. Por eso investigamos arduamente sobre la vida de los que nos seducen con sus historias, con sus palabras. Y después de dejarme seducir por Marguerite, busqué, quería saber más, y encontré demasiado. Lo encontré a Yann.
No esperaba tropezarme con tanta intensidad cuando me encapriché con este libro y emprendí la búsqueda, escrito por quien fue su secretario y compañero inseparable durante muchos años. Hay tanta intimidad que por momentos me avergüenza leer, y sin embargo no pude, no quise, parar hasta el final.
En cada palabra que le dedica Yann hay verdadera arrobación.
“Leo en voz alta para merecerte”, dice, y me desmayé. Por supuesto habla de los escritos de Duras, ya que, desde que la conoció, no le a nadie más.
Durante el proceso de rehabilitación Marguerite deliraba, no podía contar historias como cuando estaban en la casa: ella creaba en voz alta y, mientras la historia se iba produciendo delante de los ojos de Yann, él transcribía al papel cada palabra.
Durante el período en que Marguerite padeció la abstinencia provocada por el alcohol, Yann padeció la abstinencia de su amada. Me apena. Me apena no la historia que con tanta devoción cuenta el enamorado, me apena el enamorado. Ya no voy a leer a Marguerite con los mismos ojos nunca más (mentira). Pero es que un poco duele, convirtió al niño de ojos grises en su personaje fetiche preferido, en su esclavo.
“Sin mí tú no eres nada” le dijo antes de morir. ¡Ay, Marguerite!
No sé, ella también lo amaba, dos soledades se encontraron y fue intenso, devastador.
                                                                                                                                                                                                                                     Eme.               


 “Me ha ocurrido esta historia a los sesenta y cinco años con Y. A., homosexual. Es sin duda lo más inesperado de esta última parte de mi vida, lo más terrorífico, lo más importante".    
Marguerite Duras.


sábado, 7 de enero de 2017

Cuidado con el lobo

Caminar siempre por el medio de la calle
(aunque la noche sea oscura, cerrada)
Mirar siempre a los costados
(aunque la lluvia moje la cara)

¡De atrás de un árbol puede salir alguien!
(y los truenos no me dejan escuchar)

Sufra y aguante, sufra y aguante...
(repetir el mantra de mamá)

                                                  Llegar a casa.